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  • Glasny Centro Infantil

Un papá superhéroe

Actualizado: 30 de jun de 2020


“¡Ya está grabando!” gritó Paty sosteniendo el celular. Raúl y Sofía se acomodaron en el centro del jardín, en medio de familiares y amigos. Raúl se hincó frente a ella, sosteniendo su vientre entre su manos. Cerró los ojos y le susurró a la pancita “Seas como seas, te amaré por siempre.” Le dio un beso y se puso de pie. Un par de amigos colocaron delante de ellos una caja gigante de cartón. Ambos se miraron emocionados y encorvándose un poco, abrieron la solapas de la caja al mismo tiempo. Más de 20 globos con helio salieron disparados al aire. “¡Azul! ¡Es niño!” gritaron los nuevos papás, abrazándose entre un mar de aplausos de los espectadores. A Raúl le llenaba de ilusión ser papá. El pulso se le aceleraba con tan solo imaginar todo lo que habrían de compartir, como él con su papá. Jugar baseball, ir al estadio de fútbol, acampar, andar en moto y a caballo. Padre e hijo. Mejores amigos.


“¡Estas soooon las mañaniiitas que cantabaaa..” Sofía entró a la sala a oscuras con un pastel con tres velitas encendidas, acompañada a coro por Raúl y los abuelos de Paul. Cumplía tres años. Su abuela aplaudía al son de la canción cuando Paul estalló en llanto y comenzó a mecerse. Prendieron las luces “¡Ay no, se asustó!” exclamó su abuela. Raúl se acercó a su hijo para contenerlo, pero se sorprendió cuando Paul rechazó su abrazo. Eso no parecía solo un susto, lo que reflejaba era terror. Raúl comenzaba a preocuparse. Aunque Paul parecía “normal”, no jugaba con sus juguetes como los demás niños. Hablaba poco, no respondía a su nombre o parecía que no escuchaba, repetía frases y siempre que veía a sus abuelos les decía “Me llamo Paul.” Experimentaba episodios de ira o terror y era muy difícil tranquilizarlo. Sus amigos con hijos de su edad cada vez los invitaban menos a jugar y a acampar.


Después de innumerables visitas con especialistas y médicos, por fin les dieron un diagnóstico. Paul tenía autismo. A Raúl se le derrumbaron las expectativas que tenía de ser papá. Ir a un estadio a ver un partido, descartado. Hacer unos swings en la caja de bateo, descartado. Ir a un parque de diversiones o a una feria, descartados. Raúl no sabía cómo lidiar con esta noticia. Le enfurecía que Sofía les explicara a familiares y amigos, a lo que la mayoría respondía con expresiones compasivas y condescendientes. Le daba rabia que las maestras del kínder, después de mil quejas por su conducta, ahora que sabían su diagnóstico, les daban el pésame. Le frustraba la ignorancia de la gente y la suya misma. Ser papá de por sí ya era difícil ¿y ahora con esto? Él solo quería que trataran a su hijo como a cualquier otro niño. Solo pedía consideración y empatía como para cualquier otro ser humano.


Una estación siguió a la otra y después de cuatro veranos, Raúl y Paul fueron al parque un domingo. Paul estaba fascinado con los superhéroes y llevaba consigo una figura de acción. Llegando al parque, los otros papás cuchichearon y después de discutir un rato con sus hijos, se acercaron un par de niños a invitar a regañadientes a Paul a jugar fútbol. El primer tiempo Paul se la pasó tendido boca abajo en medio de la cancha observando el pasto. Nadie dijo nada, pero empezando el segundo tiempo, después de un gran alboroto, tomó la pelota con las manos y corrió en dirección a la portería, propinando un autogol en contra de su equipo. Después de las quejas de los niños, un grupo de papás se acercó a Raúl y le dijeron “Lo siento compadre, pero Paul ya no puede jugar.” Raúl sintió que le hervía la sangre y respondió:


“Qué fácil quejarse y no hacer nada ¿no? ¡Qué sencillo pronunciar etiquetas! Trastorno, síndrome, discapacidad, necesidades diferentes ¡¿Que no ven que Paul tiene la misma necesidad que los demás niños?! La inclusión es un derecho, no un favor, ni siquiera tendría que estárselos diciendo. Paul no puede acampar, Paul no puede jugar futbol, Paul no puede, no puede ¿!Y por qué no?! Basta abrirnos a la posibilidad para darnos cuenta de que podemos hacer grandes cosas. La primer barrera para la inclusión son nuestros propios miedos y hoy he de decirles que ya me cansé de tener miedo. Tener un hijo con autismo no me convierte en un papá especial. Tener hijos me convierte en papá y punto. Y como papá voy a hacer hasta lo imposible por darle su lugar. Pensé que tendría que enseñarle a mi hijo sobre el mundo, pero resulta que tengo que enseñarle al mundo sobre mi hijo.” Al terminar su monólogo, los papás, cabizbajos, sonrieron, le dieron un par de palmadas a Raúl en la espalda y reanudaron el partido de fútbol. Paul jaló la camisa de su papá y levantó su figura de acción diciendo “Eres tú papá” y salió corriendo para entrar de nuevo en la cancha.


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