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  • Glasny Centro Infantil

El TDAH no me limitó

“Llaves. Cartera. Celular” se repetía Lalo a sí mismo mientras tomaba sus maletas y revisaba su teléfono. Salió de su casa y se subió apresuradamente al vehículo que lo esperaba afuera. “Al aeropuerto por favor” le dijo al conductor mientras revisaba su agenda. Lalo trabajaba como Estratega de Marketing en una importante agencia de publicidad. Esa tarde se dirigía a una de las reuniones más importantes de su carrera. Le habían confiado el cierre de una cuenta que decidiría su futuro profesional y el de la empresa. Eran las 5:15pm. Lalo se bajaba del carro cuando sonó su teléfono. “Eduardo ¡¿Dónde estás?!” se escuchó al otro lado de la línea. “Llegando al aeropuerto señor, todo en orden” respondió Lalo. “¡No! No está todo en orden. Ya te hacíamos en la junta con el cliente. Tu equipo lleva horas esperándote y no han podido localizarte” replicó su jefe. “Perdone, tuve que cambiar de número, perdí mi celular. Pero estoy a tiempo. El vuelo sale hasta las seis de la tarde” titubeó Lalo. “¡¿Otra vez lo perdiste?! Ya habíamos hablado de esto Eduardo. El vuelo era a las seis de la mañana, no de la tarde. Lo siento Lalo, pero esta fue la última. Preséntate el Lunes a la oficina para firmar tus papeles de salida.”


Estas palabras le cayeron como balde de agua fría. Lalo se había quedado sin trabajo. Y de nuevo había perdido un vuelo. “Todo por no poner atención” se reprochaba a sí mismo, mientras buscaba desesperado el número de su terapeuta en su nuevo celular. “¡La agenda!” pensó mientras la buscaba en su mochila para encontrar el número de su psicóloga, pero no la halló y recordó que la estaba hojeando de camino al aeropuerto. Se le había quedado en el carro. “La agenda no, por favor” Su agenda era de las pocas cosas tangibles que le ayudaban a sortear los retos cotidianos. Había afianzado ese hábito muchos años atrás en la preparatoria. Un buen maestro le había regalado la primera, poco tiempo después de haber sido diagnosticado con Déficit de Atención e Hiperactividad. Lalo pidió otro carro y llegó sin cita al consultorio de Sofía, su terapeuta.


Sofía estaba por cerrar, pero aceptó ver a Lalo dado el estado de crisis en que se encontraba. Lalo le contó el incidente. Se lamentaba que no le hubieran dado un diagnóstico más temprano. Le fastidiaba olvidar las cosas. Le enojaba que le tomara tanto trabajo y tanto tiempo concentrarse y que la asignatura más cotidiana y sencilla, se volviera para él una tarea casi imposible e infinita. “No te castigues tanto Lalo. Eres muy bueno en otras cosas ¿En qué te iba bien cuando eras niño?” le preguntó Sofía. “¡En nada! En la escuela era un distraído, en mi casa, un flojo. Entre los niños de mi edad, un tonto. Lalito siéntate. ¿Lalito no has terminado? Tierra llamando a Lalito. Ya concéntrate ¿Lalito otra vez?” respondió Lalo enojado “¿Qué le dirías a tu niño interior, Lalo? ¿Qué le dirías de su futuro?” preguntó Sofía “Que no espere mucho. En el trabajo le irá fatal. Con su familia y amigos peor. Se enojarán con él por olvidar cumpleaños y que ni piense en tener novia. Va a dejar a más de una plantada por olvidar las citas o las fastidiará tan pronto pierda el hilo en una conversación” dijo Lalo decepcionado “No puede ser solo eso Lalo. Escucha a tu niño interior. Te sorprenderá todo lo que puede enseñarte. Recuerda quién eres. Te dejo esa última pregunta de tarea y nos vemos en nuestra próxima sesión” concluyó la psicóloga.


Llegó el final de la semana. Lalo se forzó a salir de su departamento para comprar algo de comida. En el supermercado, se topó a un viejo amigo de la primaria. “¡Lalo! ¿Cómo has estado?” lo saludó efusivamente Bernardo, uno de sus compañeros de fútbol americano más cercanos. Lalo le contó que estaba desempleado, se pusieron al tanto con un par de asuntos y antes de irse, Bernardo le preguntó “¿Qué te parecería una chamba como Coach de americano?” “¿Coach yo? Pero si nunca he trabajado con niños. Además se me va la onda con todo” respondió Lalo “Ándale, anímate. Estos niños han perdido todos los partidos que han jugado. Necesitan alguien enérgico y que les enseñe que no siempre se trata de ganar. Alguien que les recuerde disfrutar el juego. Alguien como tú” se despidió Bernardo dándole una palmada en la espalda.


Lalo decidió darse la oportunidad como Coach. En una de las primeras clases, hizo sonar su silbato después de explicarles una jugada y uno de sus niños le recordó “Maestro ¿y el balón?” “Ah sí, el balón” dijo Lalo entre risas suyas y de sus pupilos. Pasaron los meses y Lalo se iba sintiendo cada vez mejor. Su energía, su empatía y su gran capacidad para relacionarse le ayudaban a mantener al equipo unido. Tanto que habían quedado en la semifinal en un torneo amistoso. En su equipo también habían dos niños diagnosticados con TDAH a quienes les había agarrado mucho cariño. Un buen día, después de un entrenamiento, uno de ellos le preguntó “Maestro ¿cómo era usted de niño?” Lalo meditó un par de segundos y dijo “Inquieto y divertido. El alma de la fiesta. Todo un personaje. Como tú.” respondió Lalo dándole una palmada al niño con una sonrisa en la cara. Esa noche, Lalo llegó a su casa y mientras vaciaba sus pendientes del día siguiente en su agenda, se topó con una vieja foto suya traspapelada en el escritorio. Tendría unos 11 años. Lalo levantaba una copa en sus manos, mientras sus amigos de americano lo cargaban. Lalo vio la foto con nostalgia y con un suspiro, dijo “Lo logramos Lalito. Nos costó, pero aquí estamos”


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