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  • Glasny Centro Infantil

A donde vayas, adáptate al cambio


“Michael, acércame las chapatis y el arroz, por favor” le dijo Mateo a su hijo mientras se llevaba a la boca algunas verduras al curry con su mano derecha. Michael era un niño de 9 años. Había nacido en Puerto Rico. Su papá, Mateo era mexicano, y su mamá Amanda, puertorriqueña. La mamá de Michael falleció cuando él tenía apenas 2 años, dejándolo a la tutela de su papá. Por su trabajo como Ingeniero Industrial, Mateo y Michael no solo se habían mudado en más de una ocasión de país, sino incluso de continente. Habían vivido en Puerto Rico, México, Brasil, Alemania, Irán, Estados Unidos y ahora estaban por cumplir dos años viviendo en Mumbai.


Como la mayoría de los niños con autismo, a Michael le costaba adaptarse a los cambios y el que llevara lo que tenía de vida cambiando de casa y de país, sin mayores contratiempos, en verdad que era toda una hazaña. El mérito se lo llevaba su papá sin duda. Cuando Mateo se enteró del diagnóstico de Michael, poco después de que falleció su esposa, se asesoró para encontrar maneras de ayudar a Michael con tantos cambios. Era eso, dejarlo a que lo criaran sus abuelos en México y verlo poco o renunciar a su trabajo que le redituaba lo suficiente como para pagar las terapias de Michael. Así que Mateo se armó de valor y se puso creativo para llevar a su hijo consigo alrededor del mundo.


Mateo se preocupó por establecer rutinas para Michael, dedicando el tiempo a pequeños detalles que lo hicieran sentir seguro. Sin importar si estaban en un avión, un aeropuerto, un centro comercial o una casa nueva sin amueblar, Mateo se ponía una alarma para lavarse los dientes con su hijo a la misma hora todas las mañanas, tardes y noches. Antes de mudarse, se aseguraba de inscribir a Michael en otra escuela donde le revalidaran sus cursos, que estuvieran capacitados para atenderlo y de encontrar un lugar donde pudiera continuar su terapia. Como Michael había nacido en Puerto Rico, Mateo se aseguró que su idioma nativo fuera el inglés. Aunque también hablaba a veces en español con su hijo, con su nivel de inglés, acoplarse a una nueva escuela o tomar terapia en cualquier lugar del mundo, les ocasionaba mucho menos fricciones.


Michael se había criado de una manera inusual. Podría pensarse que un adulto trotamundos y un niño con autismo son polos completamente opuestos, pero el par se las arreglaba para afrontar sus retos. Con el esfuerzo de su papá, Michael había crecido como un niño de mente abierta, altamente inclusivo y comprensivo con respecto a otras culturas. Aunque se le dificultaba hacer amigos, encontró en sus viajes y en los libros una fascinación por el mundo y su diversidad, convirtiéndolo en un promotor de la inclusión, defensor de los derechos de la mujer y en un devorador de documentales. Un día, Mateo se acercó a Michael y le dijo “Hijo, nos mudamos de nuevo” a lo que Michael respondió abriendo los ojos como platos y estirándose repetidamente los dedos de las manos. Mateo no dejó pasar mucho más tiempo y le entregó a su hijo lo que parecía una caja angosta envuelta en papel maché con un moño rojo encima. Michael le quitó la envoltura y descubrió un libro en inglés que decía “Los mejores lugares de China.” Acto seguido, Michael se sentó en la mesa y comenzó a adentrarse en el contenido del libro. Majestuosas imágenes cubrían páginas enteras y por un par de semanas, se volvió su libro favorito.


Cuando llegó el momento de mudarse, Michael se subió apresuradamente al avión y pegó su rostro a la ventanilla con ilusión durante todo el viaje. Casi ni sintió el vuelo de 5 horas y ya casi por llegar, jaló la camisa de su papá y apuntó emocionado a lo que parecía ser la muralla China. Mateo observó a Michael con cariño, y aunque como todos los papás, se preguntaba constantemente si estaba haciendo lo suficiente y lo correcto por su hijo, se dio una palmada imaginaria en el hombro, contento de que Michael encontrara felicidad y asombro en el cambio.


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